Cierro los ojos con la esperanza de que la química haga su parte y me lleve adónde yo solo no soy capaz de llegar. Pero es inútil. Mi mente es quien decide y ya ni siquiera yo tengo el control sobre ella. Toca esperar, luchando por alejar los pensamientos que me impiden encontrar la rendija que lleva a la calma en medio de la tormenta, que permite desconectar la conciencia y la consciencia para darte una oportunidad de ser feliz durante un rato dentro del mundo de los sueños. Un mundo irreal pero, a veces, lo suficientemente justo y decente como para, durante unos minutos, convertir las mentiras en verdades, el dolor en alegría y hacer que los sueños que sueño despierto se puedan tocar, se puedan hablar, se puedan besar y abrazar; se puedan vivir, rellenos de una mezcla de pasado real y presente de humo que los alarga incluso más allá de la inconsciencia.
Entonces me despierto. Me siento bien. Como antes. Feliz. Pero los rayos de la realidad no tardan en atravesar mis párpados. Y sólo quiero volver a dormirme para encontrar de nuevo ese mundo en el que, durante un rato, he sido feliz.
Entonces me despierto. Me siento bien. Como antes. Feliz. Pero los rayos de la realidad no tardan en atravesar mis párpados. Y sólo quiero volver a dormirme para encontrar de nuevo ese mundo en el que, durante un rato, he sido feliz.