viernes, 10 de abril de 2009

Errores

La entrada no estaba señalizada, pero algo me decía que por aquel lugar encontraría un camino. Una vía recta, llana, pacífica. Así era. De algún modo, mis ojos lograron descubrir entre la maleza y el alambre de espino una senda diferente a cualquier otra por la que haya caminado. Allí estaba, temeroso pero valiente, cauto pero decidido, expectante pero ilusionado ante una nueva etapa. Sin dirección. Sin destino. Sólo el convencimiento de que mi mente y mi corazón no se habían puesto de acuerdo por casualidad.
Cada paso que daba tomaba menos tiempo que el anterior, aprendiendo a esquivar los pocos obstáculos que de tanto en tanto iban surgiendo. El camino se allanaba paulatinamente y el horizonte se aclaraba cada día. Parecía que había encontrado al fin una dirección, aunque no me importase el destino.
Un día me tocó enfrentarme a un nuevo obstáculo. El ambiente que me rodeaba me hizo sentir capaz de salvarlo. Sentía que aquel puente era firme, estable, resistente. Lo único que tenía que hacer era asegurarme de que nada ni nadie me haría temblar al cruzarlo. Así lo hice. El paso firme y la mirada alta. Pero me equivoqué. Estaba tan concentrado en el otro extremo que no supe darme cuenta de que bajo mis pies no había más que un montón de maderas y cuerdas. Débil, inestable, caduco. El golpe fue tan fuerte, tan súbito que apenas fui consciente de la distancia que me separaba del camino. Y no había nadie para guiarme de vuelta.
De nuevo maleza. De nuevo alambre de espino. Esquivándolos a duras penas sin saber por dónde ir. Un nuevo obstáculo. Un nuevo enemigo. Yo. Tropezando una y otra vez con piedras que, inconscientemente, cegado por el sueño y el dolor, yo mismo ponía a mi paso.
Creo que he conseguido dejar de tropezar conmigo mismo para tratar de descubrir qué había al otro lado. Quizás he aprendido a no poner más piedras. Quizás ya me he quedado sin ellas. Qué más da.

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